Dios. Monosílabo que lo abarca todo, que implica amor, poder, majestad, reverencia, alabanza, misericordia, sabiduría, discernimiento, creación, por citar algo.
Con los años y por la misericordia de Dios mismo, he ido comprendiendo que ÉL no es simple intelección, no es un nivel social o estatus, no es una insignia que hablará de cuán buena soy.
Ha habido tiempos en que me he sorprendido pensando que Dios es tan sólo una linda fábula para que sufra "callada la boca" y que es el producto de una neurosis colectiva desposeída, no privilegiada; sin embargo, la cordura viene por misericordia y veo con claridad que es el enemigo espiritual quien me distrae con tal pensamiento para robarme el precioso tesoro de la fe.
Dios es experiencia de vida, no una puesta en escena como si se tratase de una obra teatral; digo esto, porque también he vivido el espejismo de creerme beata por mis actitudes exteriores, aún cuando en lo profundo de mi corazón el ser conversa se trataba de una simple idea.
La experiencia de Dios es LIBERADORA en todo el sentido de la palabra. Liberadora porque me concilia conmigo misma, me permite aceptarme con todo lo malo, lo "bueno", lo bonito, lo feo que soy; poder ser yo misma con todo este espectro de personalidad, en lo íntimo, en lo público sin perder mi propia dignidad.
Libera, porque me permite aceptar a los demás con sus aspectos de personalidad que me resultan una piedra en el zapato y sorprenderme de que si bien, sigue siendo molesto, no me roba la paz ni me quita la sonrisa del rostro, y con asombro, descubro, que poco a poco, muere en mí el impulso por criticar a las personas por sus rasgos exasperantes.
Libera del querer imponerme por encima de los demás, de la necedad por querer obligar a quienes me rodean a ser como yo quiero que sean, o sea, el movimiento de libertad me lleva hacia el respeto.
También me libera de mis equivocadas concepciones de lo que debiera ser mi experiencia de Dios. Es ÉL quien lleva la batuta de la relación, ÉL es quien sabiamente me concede lo que necesito, lo que puedo administrar y los dones con los que le puedo ser útil para amar a los demás; no está en mi el imponer cuáles carismas son los que quiero, porque al fin y al cabo, en mi egoismo los escogeria para lucirme yo, no para servirle, por tanto, ÉL me confía los carismas con los cuales pueda yo encontrar mi conversión, al tiempo que soy útil para los demás.
La experiencia de Dios, es una experiencia de VERDAD. ¿Por qué? porque en Dios está la claridad para valorar lo que es realmente importante. La vanidad, el egoísmo, la soberbia de este mundo exigen que para ser pleno, feliz, realizado, debe cumplirse con: tener grandes títulos académicos, un gran trabajo, una gran familia, un esposo/a envidiable, hijos intelgentes, sanos, talentosos (y cuando éstos no vienen por la naturaleza misma de la reproducción humana, trasgredir con las herrramientas de la ciencia para "crear" y "concebir" el hijo que Dios me "niega" y que tengo "derecho" a tener), grandes posesiones materiales, ¡hasta la marca le imponen a uno! para asegurar que uno identifique "cuán exitoso" es. Y no, en Dios lo realmente importante es el AMOR, amor expresado con la palabra caridad, pues el verdadero amor es dádiva de sí mismo más que de bienes materiales, es aceptar al otro con la misma medida que Dios tiene para con uno, es ser valiente para defender la fe sin importarle el "desprestigio" que va a comprarse, es en todo momento pedir la gracia y luchar contra uno mismo, para ser una transparencia del ser y del amor de Nuestro Señor Jesucristo. Amor manifestado en obediencia a la voluntad de Dios, en sacrificio, entrega, oración perseverante, en humildad.
La experiencia de Dios lo lleva a uno a llamarle PADRE. Dicen que sólo quien se sabe hijo suyo, puede llamarlo Padre. Tener a Dios por Padre es saberme amada por ÉL, la certeza de que ÉL siempre me dará cosas buenas, aunque de primera entrada yo no le vea lo bueno por ningún lado, es saber que Jesucristo es para mí CAMINO, VERDAD Y VIDA.
Soy tan sólo una pecadora más librando su lucha en este peregrinar hacia la Jerusalén del Cielo y en su limitada comprensión, por misericordia de Dios Padre, va teniendo esclarecimientos de lo que para su realidad es la experiencia de Dios.
Bendiciones y abrazos.
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